lunes, 4 de abril de 2011

LA SIGNIFICACIÓN: BETTELHEIM Y LOS LINEAMIENTOS CURRICULARES LENGUA CASTELLANA


Después de los años setenta, posiblemente en el momento en que la lingüística textual se forma ya como campo disciplinar, las formas estructuralistas, fonéticas y otras que se usaban antiguamente deberían comenzar a cambiar estas didácticas del proceso lector, sin embargo, después de unos pequeños trabajos de investigación sobre cómo fue el proceso lector de las personas que nos rodean y los resultados arrojados,  más del 70%  aprendió a leer mediante sílabas y con  frases huecas, el posible  problema de la lectura radica en el uso de cartillas o materiales sin significado alguno en el proceso.
Estas frases y cartillas lastimosamente son presentadas en los primeros años de vida a pesar de que la “escuela no es una experiencia más, equiparable a otras muchas, a menudo alarmante, que ha vivido en el pasado”[1], es decir, todos los procesos de aprendizaje no pueden estar envueltos en cosas insignificantes, aburridas e innecesarias y mucho menos la lectura ya que ésta es comprendida como el “principio esencial para continuar con el desprendimiento”[2].
Viendo pues, la lectura como un proceso no de decodificación sino como lo plantean los lineamientos curriculares, un proceso de significación, es ilógico pensar que todavía los estudiantes estén leyendo de forma pasiva, alejada de la vida real y finalmente de la totalidad del niño; desglosando lo anterior planteo lo siguiente: lecturas que sólo están basadas en la superficie del contenido porque de profundo no tiene nada (Bettelheim y Zelan), entonces la sola observación del proceso se da en la fonética y la articulación llevando esto de manera aburrida y  monótona un proceso que realmente debe ser activo y divertido. En ocasiones los niños no leen porque la lectura no es aplicada situaciones reales, sólo se les presenta las vacías cartillas quienes no superan las emociones y experiencias que se viven en otros momentos, para esclarecer esto un poco tomaré un ejemplo que plantea el psicólogo Bruno; un niño que intente leer algo sobre fútbol  en una cartilla saldrá corriendo dado que la cartilla no tiene nada nuevo que presentar pero sí, por el contrario, muestra aburrimiento. Finalmente, y regresando a las cartillas, diversos autores – como Decroly- proponen que las palabras, temas o lecturas deben ir totalmente ligadas a la estructura psíquica y emocional del niño para así lograr causar algún interés; dentro de la problematización hecha por el psicólogo, la propuesta que plantea la hace desde la presentada por Chall, “el contenido más adecuado para niños de primer y segundo grado son las leyendas populares y los cuentos de hadas”[3] y esto precisamente por esa etapa de fantasía en la que se encuentran.

Tanto los lineamientos de Lengua Castellana y los dos autores que presentan la obra Aprender a leer claramente muestran en su documentos, la importancia de la significación (en sus niveles de comprensión de textos: intratextual, intertextual y extratextual, y el ver lo errores como parte de la comprensión, es decir, mostrar el error no como incapacidad sino como cambio de sentido), que hace parte del proceso que desde pequeño se debe mostrar de una forma propiamente constructivista.
Para concluir, es indispensable dejar de lado el comienzo de la lectura por medio de cartillas huecas e insignificantes ya que estos son los causantes de poder lograr la significación de la que, tanto los lineamientos como Bruno y Karen proponer para formar lectores ciudadanos (Alfonso Reyes).


[1]  BETTELHEIM, Bruno y ZELAN, Karen. Aprender a  leer. 1982. P. 15
[2] MINISTERIO DE EDUCACION NACIONAL. Lineamientos curriculares de lengua Castellana. Cooperativa Editorial del Magisterio, Santa Fe de Bogotá 1998. P.18.
[3] Op. Cit Bettelheim. P. 34

EL BUEN DESARROLLO Y EL DOLOROSO FINAL

Doce del día y todo el mundo corrían de un lado a otro, no entendía qué pasaba, aún no comprendía que ese día sería el primero de todos, que sería la primera vez de ver al otro, de comenzar a ubicarme. MI madre sólo arreglaba con mucho cariño y excesivo cuidado de no manchar la camisa blanca, el pantalón y mis dos primeras mochilas, que para mí, en se momento, sólo representaba ropa nueva y juguetes para cargar otros juguetes. Sin embargo, en tan sólo unas horas y por una semana, serían un sufrimiento.
Llegamos a un lugar con las paredes llenas de hermosos dibujos y varios colores. Convencido  de que era el parque, corriendo bajé de la camioneta olvidando todo mi equipaje de la felicidad desbordante que sentía en ese momento al ver un lugar tan hermoso, mas la felicidad no duró tanto…Corrí de regreso al carro llorando como niño que acabe de hacer un mal; mi madre, quien vio todo, únicamente me decía palabras de calma al mismo tiempo que ponía el bolso y la lonchera en mi espalda. Recuerdo tanto que logró tranquilizarme-sólo un poco realmente- diciéndome que ese lugar era un colegio en donde aprendería muchas cosas como leer, sumar restar y muchas otras.
Después de escuchar esas  mismas palabras por varios minutos y de estar colgado como un mico en un árbol sobre la pierna de mi padre, lloré para no ir a ese lugar; media hora después acepté. Por una semana, ese escena se repitió cuanta vez llegábamos al colegio, finalmente comprendí que toda lucha sería perdida y lo mejor que podía hacer era disfrutar mi nueva aventura aprovechando al máximo el día en el jardín.
Al pasar días, semanas y  meses en ese lugar con colores, plastilina y la lonchera, todo transcurría a las mil maravillas hasta un día en la tarde que percibí el mejor hecho de todos, las imágenes. Sin ser consciente en el asunto y del tema por primera vez en mi vida leí, sí una imagen, la leí; aquel niño de papel con su mascota y su juguete que volaba fue el comienzo de todo y la repetición de diversos días a lo largo de todas las tardes durante unos seis o cinco meses más hasta el fin de año-concepto que comprendí hasta esa vez con la primera navidad que contengo en mi memoria-.
Todo el comienzo regresó una vez más, un poco de angustia por ir a un lugar nuevo otra vez donde no conocía nadie, no estaba nadie que conocí en el jardín, no estaba Silvia, pero sí mi profesora, Nubia quien me leía cuento y nos enseñaba las letras y como sonaba cada una cuando se unían las vocales con las diversas consonantes. Éste fue el pan de todos los días hasta que por fin, casi milagrosamente, aparecen las primeras aventuras de Tarzán y su madre putativa con unos pequeños dibujos, empero, las  cosas se complicaron al pasar de los días, esos bonitos dibujos caían y las palabras subían, no podía creer un mismo texto fuera así de difícil de entender así de doloroso. Rápidamente comencé ver esas hojas llenas de muchas palabras que en tan pocas, pero significativas experiencias  lograron capturar todo mi interés durante mi primer año escolar. Contentos por mi gran avance, mi maestra sugirió que en vacaciones de fin de año no dejara de leer, que todos los día tratara de leer dos historias diarias puesto que olo hacía a las mil maravillas, iba muy rápido y muy bien. Sin embargo, desde estas palabras, las cosas sólo fueron tormentosas. Periódicos, revistas semanas, anuncios publicitarios de diversas índoles y todo lo que había en las manos de mis padres terminaban en las mías también, haciendo todo este horrible trajín la lectura  lo más detestable posible e insoportablemente dolorosa por aquellos pellizcos que recibí por no pronunciar correctamente la R.
Mis años siguientes en el colegio fueron dolorosas experiencias, prefería la matemática sólo para no tener que leer nada, huía de libros, de la literatura, de aquello que fue mi pasión.