Después de los años setenta, posiblemente en el momento en que la lingüística textual se forma ya como campo disciplinar, las formas estructuralistas, fonéticas y otras que se usaban antiguamente deberían comenzar a cambiar estas didácticas del proceso lector, sin embargo, después de unos pequeños trabajos de investigación sobre cómo fue el proceso lector de las personas que nos rodean y los resultados arrojados, más del 70% aprendió a leer mediante sílabas y con frases huecas, el posible problema de la lectura radica en el uso de cartillas o materiales sin significado alguno en el proceso.
Estas frases y cartillas lastimosamente son presentadas en los primeros años de vida a pesar de que la “escuela no es una experiencia más, equiparable a otras muchas, a menudo alarmante, que ha vivido en el pasado”[1], es decir, todos los procesos de aprendizaje no pueden estar envueltos en cosas insignificantes, aburridas e innecesarias y mucho menos la lectura ya que ésta es comprendida como el “principio esencial para continuar con el desprendimiento”[2].
Viendo pues, la lectura como un proceso no de decodificación sino como lo plantean los lineamientos curriculares, un proceso de significación, es ilógico pensar que todavía los estudiantes estén leyendo de forma pasiva, alejada de la vida real y finalmente de la totalidad del niño; desglosando lo anterior planteo lo siguiente: lecturas que sólo están basadas en la superficie del contenido porque de profundo no tiene nada (Bettelheim y Zelan), entonces la sola observación del proceso se da en la fonética y la articulación llevando esto de manera aburrida y monótona un proceso que realmente debe ser activo y divertido. En ocasiones los niños no leen porque la lectura no es aplicada situaciones reales, sólo se les presenta las vacías cartillas quienes no superan las emociones y experiencias que se viven en otros momentos, para esclarecer esto un poco tomaré un ejemplo que plantea el psicólogo Bruno; un niño que intente leer algo sobre fútbol en una cartilla saldrá corriendo dado que la cartilla no tiene nada nuevo que presentar pero sí, por el contrario, muestra aburrimiento. Finalmente, y regresando a las cartillas, diversos autores – como Decroly- proponen que las palabras, temas o lecturas deben ir totalmente ligadas a la estructura psíquica y emocional del niño para así lograr causar algún interés; dentro de la problematización hecha por el psicólogo, la propuesta que plantea la hace desde la presentada por Chall, “el contenido más adecuado para niños de primer y segundo grado son las leyendas populares y los cuentos de hadas”[3] y esto precisamente por esa etapa de fantasía en la que se encuentran.
Tanto los lineamientos de Lengua Castellana y los dos autores que presentan la obra Aprender a leer claramente muestran en su documentos, la importancia de la significación (en sus niveles de comprensión de textos: intratextual, intertextual y extratextual, y el ver lo errores como parte de la comprensión, es decir, mostrar el error no como incapacidad sino como cambio de sentido), que hace parte del proceso que desde pequeño se debe mostrar de una forma propiamente constructivista.
Para concluir, es indispensable dejar de lado el comienzo de la lectura por medio de cartillas huecas e insignificantes ya que estos son los causantes de poder lograr la significación de la que, tanto los lineamientos como Bruno y Karen proponer para formar lectores ciudadanos (Alfonso Reyes).
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