Doce del día y todo el mundo corrían de un lado a otro, no entendía qué pasaba, aún no comprendía que ese día sería el primero de todos, que sería la primera vez de ver al otro, de comenzar a ubicarme. MI madre sólo arreglaba con mucho cariño y excesivo cuidado de no manchar la camisa blanca, el pantalón y mis dos primeras mochilas, que para mí, en se momento, sólo representaba ropa nueva y juguetes para cargar otros juguetes. Sin embargo, en tan sólo unas horas y por una semana, serían un sufrimiento.
Llegamos a un lugar con las paredes llenas de hermosos dibujos y varios colores. Convencido de que era el parque, corriendo bajé de la camioneta olvidando todo mi equipaje de la felicidad desbordante que sentía en ese momento al ver un lugar tan hermoso, mas la felicidad no duró tanto…Corrí de regreso al carro llorando como niño que acabe de hacer un mal; mi madre, quien vio todo, únicamente me decía palabras de calma al mismo tiempo que ponía el bolso y la lonchera en mi espalda. Recuerdo tanto que logró tranquilizarme-sólo un poco realmente- diciéndome que ese lugar era un colegio en donde aprendería muchas cosas como leer, sumar restar y muchas otras.
Después de escuchar esas mismas palabras por varios minutos y de estar colgado como un mico en un árbol sobre la pierna de mi padre, lloré para no ir a ese lugar; media hora después acepté. Por una semana, ese escena se repitió cuanta vez llegábamos al colegio, finalmente comprendí que toda lucha sería perdida y lo mejor que podía hacer era disfrutar mi nueva aventura aprovechando al máximo el día en el jardín.
Al pasar días, semanas y meses en ese lugar con colores, plastilina y la lonchera, todo transcurría a las mil maravillas hasta un día en la tarde que percibí el mejor hecho de todos, las imágenes. Sin ser consciente en el asunto y del tema por primera vez en mi vida leí, sí una imagen, la leí; aquel niño de papel con su mascota y su juguete que volaba fue el comienzo de todo y la repetición de diversos días a lo largo de todas las tardes durante unos seis o cinco meses más hasta el fin de año-concepto que comprendí hasta esa vez con la primera navidad que contengo en mi memoria-.
Todo el comienzo regresó una vez más, un poco de angustia por ir a un lugar nuevo otra vez donde no conocía nadie, no estaba nadie que conocí en el jardín, no estaba Silvia, pero sí mi profesora, Nubia quien me leía cuento y nos enseñaba las letras y como sonaba cada una cuando se unían las vocales con las diversas consonantes. Éste fue el pan de todos los días hasta que por fin, casi milagrosamente, aparecen las primeras aventuras de Tarzán y su madre putativa con unos pequeños dibujos, empero, las cosas se complicaron al pasar de los días, esos bonitos dibujos caían y las palabras subían, no podía creer un mismo texto fuera así de difícil de entender así de doloroso. Rápidamente comencé ver esas hojas llenas de muchas palabras que en tan pocas, pero significativas experiencias lograron capturar todo mi interés durante mi primer año escolar. Contentos por mi gran avance, mi maestra sugirió que en vacaciones de fin de año no dejara de leer, que todos los día tratara de leer dos historias diarias puesto que olo hacía a las mil maravillas, iba muy rápido y muy bien. Sin embargo, desde estas palabras, las cosas sólo fueron tormentosas. Periódicos, revistas semanas, anuncios publicitarios de diversas índoles y todo lo que había en las manos de mis padres terminaban en las mías también, haciendo todo este horrible trajín la lectura lo más detestable posible e insoportablemente dolorosa por aquellos pellizcos que recibí por no pronunciar correctamente la R.
Mis años siguientes en el colegio fueron dolorosas experiencias, prefería la matemática sólo para no tener que leer nada, huía de libros, de la literatura, de aquello que fue mi pasión.
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